Es
posible
"Me gustaría que la sociedad se rebelara contra el cáncer y luchara con más herramientas, investigación y tratamientos"

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La primera palabra que acude a nuestra mente al visitar el Hospital Clínico de Santiago y conocer al Doctor Rafael López es la de sosiego. No cabe duda de que el ajetreo es similar al del resto de hospitales españoles, pero aun así se respira tranquilidad. Puede que sea por el modo en el que relucen sus anchos pasillos o por la bruma gallega que lame las copas de los árboles tras sus ventanales, o quizá se deba a la serenidad que transmiten las palabras del doctor mientras nos guía por los pasillos camino de su despacho. Sea como fuere, resulta un placer sentarse en su rincón decorado con cuadros modernistas, fotos familiares, una gran librería y un escritorio impoluto.

Aunque el Dr. López nació bastante cerca de allí, en un pequeño pueblo de Orense, fueron muchos los vaivenes que vivió hasta llegar a establecerse en Santiago. Su inquietud por la medicina surgió cuando estaba cursando el COU en Madrid. Antes de eso quería ser ingeniero, pero la vitalidad de los estudiantes de Medicina que recorrían los pasillos de su colegio mayor le cautivó. En un principio a él le hubiera gustado cursar la carrera en Santiago, pero finalmente se matriculó en la Universidad Autónoma de Madrid. A día de hoy dice que no podría sentirse más orgulloso de haberse formado allí. A lo largo de la carrera no tenía muy claro por qué especialidad decantarse. Le atraía la cirugía, pero también había una rama que le llamaba poderosamente la atención por lo desconocida que era: la Oncología. Su capacidad para la investigación le parecía ilimitada, así que de este modo volvió al norte para llevar a cabo su especialización en el Hospital General de Asturias de Oviedo. Tras completar sus estudios comenzó a trabajar y desde entonces no ha parado ni un segundo, tanto en hospitales de Ámsterdam, Pamplona y Vitoria, como finalmente en Santiago, donde regresó para quedarse a finales de los noventa. Fue entonces cuando decidió dedicarse a tratar en profundidad los tumores digestivos y específicamente el cáncer colorrectal.

Mientras desayuna consulta su agenda prevista para el día. Acto seguido acude con ilusión al hospital con la férrea intención de cumplirla, aunque a esas horas ya sabe que no lo va a conseguir. La jornada siempre se le pasa en un suspiro y son demasiados planes marcados en el calendario: trabajo clínico, gestión del servicio, investigación clínica y traslacional, reuniones, clases, viajes, comités… pero él no se queja, sino todo lo contrario. Apunta que es muy importante la cultura del esfuerzo y el trabajo, y cree que la sociedad debería insistir más en ello. Al fin y al cabo, reflexiona, “cada día hay algo nuevo que aprender”.

En general, el Dr. López considera que tiene un trabajo tremendamente satisfactorio. Aunque sólo fuera por momentos tan gratificantes como cuando un paciente mejora, e incluso se cura cuando la enfermedad estaba en una fase muy complicada, les aceptan un artículo en una importante publicación o consiguen sacar adelante un proyecto de investigación, hasta los trances más duros acaban mereciendo la pena. Precisamente, un rato antes de esta charla, el doctor recibió a una paciente que había acudido muy asustada a su consulta debido a una adenopatía. Tras examinarla, el doctor dictaminó que se trataba de una simple inflamación no tumoral y ella no pudo evitar abrazarle loca de alegría.

Sin embargo, el júbilo no es el principal protagonista la mayor parte de la jornada del Dr. López. La Oncología es una especialidad muy difícil en la que es imposible no tener frustraciones continuamente. Es fácil imaginarse de qué tipo: tratamientos que no obtienen respuestas, fallecimientos prematuros, la progresión de los tumores, pacientes jóvenes… El doctor reconoce que la época más dura de su vida fue cuando diagnosticaron un tumor a su madre. Su evolución era incierta y se devanó los sesos para intentar hallar el mejor tratamiento. Finalmente murió después de muchos años, pero confiesa que los primeros momentos fueron los más difíciles debido a la incertidumbre. Según él, “lo peor que podemos experimentar es la incertidumbre ante un futuro dudoso”.
El Dr. López lleva inmerso en el tratamiento de este tipo de cáncer desde hace más de una década y considera que los avances en este campo han sido realmente notables. En un comienzo los oncólogos tenían un solo fármaco para tratarlo, pero de repente surgieron nuevas quimioterapias y anticuerpos monoclonales. De este modo los resultados se multiplicaron por tres en materia de supervivencia y comenzaron a entender que el cáncer era mucho más complejo de lo que se imaginaban. El cáncer colorrectal es una enfermedad que está constantemente en movimiento y contra la que hay que usar armas muy inteligentes si se quiere acabar con ella. Para explicarse, utiliza una metáfora bélica: “el cáncer utiliza todos los comandos a su alcance para infiltrarse en el campo enemigo y destruirlo, es decir, nuestro cuerpo. Por eso el objetivo es descubrir cómo truncar su misión y después utilizar varias armas al mismo tiempo, dado que con una sola es casi imposible derrotarlo.”

Para hallar esas armas de las que habla el Dr. López es evidente que la única forma de hacerlo es mediante la investigación. A título personal su experiencia derivó de la investigación observacional a los ensayos clínicos y finalmente a un proyecto de investigación muy relevante. Él cree que en España tiene muy buen nivel: hemos tenido un desarrollo muy importante y muchos de nuestros centros gozan de un gran prestigio. Sin embargo, también es consciente de que tanto la investigación clínica como la básica se ha visto muy dañada por la crisis de los últimos años. Tanto, que opina que “el retroceso de las inversiones es algo que vamos a acabar pagando, como país y como sociedad”.

“El cáncer utiliza todos los comandos a su alcance para infiltrarse en el campo enemigo y destruirlo, es decir, nuestro cuerpo. Por eso el objetivo es descubrir cómo truncar su misión y después utilizar varias armas al mismo tiempo, dado que con una sola es casi imposible derrotarlo.”

Muchos oncólogos creen que una parte muy importante de sí mismos es su función de psicólogos, aunque el Dr. López no piensa igual. Él sostiene que lo que deben ser médicos y oncólogos médicos y, como tal, tratar a sus pacientes con la mayor humanidad, comprensión, empatía y, sobre todo, abrir puertas a la esperanza. Pudimos ser testigos al colarnos en una de sus clases de que el principal valor que inculca a sus alumnos en la facultad de Medicina es el del pensamiento. Afirma que lo más importante que podemos hacer es pensar, no actuar mecánicamente, es decir, fomentar el doble componente que es aportar mucha ciencia al día a día, pero también mucha humanidad. Para conseguir los mejores resultados, lo primero que busca al tratar a un paciente de cáncer colorrectal es que se sienta a gusto y esté confiado. Su propósito es que juntos lleguen a un acuerdo de tratamiento para curarlo y, si no es posible, que esté lo mejor posible el mayor tiempo a su alcance. Por ello les transmite constantemente que deben luchar, centrarse en el futuro e intentar preservar su vida con la mayor normalidad. Y sobre todo que sean combativos, que no se acobarden ni sean derrotistas. Sobre este tema el doctor sentencia: “Me gustaría que la sociedad se rebelara contra el cáncer y luchara con más herramientas, investigación y tratamientos”. Poco a poco, pero siempre hacia delante.