Es
posible
"A mis alumnos siempre les digo: no perdáis la ilusión o no podréis recuperarla jamás. Podéis perder un examen, un curso o un año de MIR, pero si perdéis la ilusión, habremos perdido un médico."

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No nos hace falta más que un breve paseo por el HUCA, acrónimo con el que se conoce al Hospital Universitario Central de Asturias, para poder admirar sus nuevas instalaciones recientemente inauguradas. Entramos por su amplio hall y caminamos bajo su estructura de madera y cristal, a través de los luminosos pasillos desde los que se ven hasta cinco jardines interiores. Al doblar una esquina nos topamos con uno de sus populares robots completamente cargado de comida. Sólo cuatro hospitales españoles los poseen, pero en éste hasta una docena de ellos reparten alimentos, medicinas y ropa por los más de 200.000 metros cuadrados y nueve alturas del complejo. No tardamos en llegar a la espectacular zona universitaria, en la que cubos modulares de grandes ventanales hacen las veces de aulas. Más allá se encuentra la cafetería, a la que el personal sanitario conoce como ‘el chill out’, y en la que el doctor José María Viéitez a veces se relaja tomando un café tras una de sus agitadas jornadas laborales.

Se podría decir que su historia como médico comenzó cuando acababa su adolescencia. Fue entonces cuando realmente se preguntó a qué quería dedicar su vida. Procedía de una familia eminentemente de juristas, pero él siempre tuvo claro que el trabajo de despacho no era lo suyo ya que deseaba tener el máximo contacto posible con la gente. Dadas sus inquietudes, la Medicina parecía ser el mejor camino a seguir. Al fin y al cabo, pocos oficios están tan enfocados al humanismo como éste. Sin embargo, hoy le sorprende mirar atrás y recordar lo que entonces pensaba que iba a ser su labor profesional y lo que es en este momento, aunque también admite que su carrera le ha completado como seguramente ninguna otra podría haberlo hecho.

El Dr. Viéitez llegó al HUCA como adjunto y con la tesis debajo del brazo en 1992. En ese momento los tumores gastrointestinales eran poco atractivos. Había muy pocos agentes efectivos, los esquemas eran bastante tóxicos y la supervivencia muy corta. El Dr. Viéitez era el nuevo así que estaba claro a quién le iba a tocar encargarse del tratamiento de estos tumores. Él afirma no obstante, que desde el primer momento comenzó con mucha ilusión y entusiasmo que ha logrado mantener hasta el día de hoy. Sin duda, el hecho de que esta patología haya cambiado tanto y tan rápido en las dos últimas décadas, le ayudó mucho a la hora de renovar día tras día sus ganas por superarse como oncólogo. Actualmente, la proyección de la innovación en el tratamiento es prometedora, de modo que afronta el futuro con gran esperanza.

Cada mañana, el Dr. Viéitez llega a su consulta con vistas al Monte Naranco y lo primero que hace es encender el ordenador. Sólo así puede organizarse el día que tiene por delante y preparar la sesión clínica. A las nueve ya está viendo pacientes y no deja de hacerlo hasta la hora de comer. A cada nuevo paciente que entra le hace un escáner visual inicial, es decir, analiza la primera impresión que le causa y se pregunta: ¿hasta dónde puedo llegar con este paciente? Nos cuenta que la respuesta depende principalmente de factores como la edad y el estado general de la persona. Después ya analiza todas las características médicas y personales, para

acto seguido enfocar al paciente desde un prisma multidisciplinar. En cuanto al aspecto más psicológico, el doctor confiesa que no hay una pauta establecida para la mayoría de los pacientes. Hay pacientes que necesitan más consejos y otros que menos, del mismo modo que hay algunos que quieren que hables todo el tiempo mientras que otros dan mucha importancia al silencio. Tiene claro que “debemos intuir qué es lo que pueden escuchar y ajustar la cantidad de información a lo que pueden asimilar”. Asimismo, considera que sólo hay un consejo universal: “Hay que pelear. Ser muy claros y colaboradores, remar siempre en la misma dirección del oncólogo. Nosotros dirigimos la enfermedad y estamos al lado del paciente, pero son ellos los actores principales, los que tienen que decir hasta dónde quieren luchar”.

_MG_7074De modo que el trabajo diario se centra principalmente en la consulta y es por la tarde, fuera del horario laboral, cuando los oncólogos pueden dedicar tiempo al estudio y la investigación. Tal y como afirma el Dr. Viéitiez, “La investigación en este país en un lujo que hemos de pagar con nuestro tiempo, no con la asistencia de los pacientes”. Aun así, para él es un esfuerzo que merece la pena hacer. Cree que hay que fortalecer el desarrollo de la investigación traslacional, sobre todo teniendo en cuenta la envidiable estructura sanitaria con la que cuenta España. El doctor cuenta que gracias al sistema sanitario español se pueden reclutar muchísimos pacientes para ensayos clínicos, pero que aun así, la capacidad de investigación básica aplicada a los pacientes aún no está muy desarrollada, más por falta de medios que por falta de entusiasmo.

Según el Dr. Viéitiez, cuando tratamos el cáncer colorrectal no tratamos una sola enfermedad, sino muchas dentro del mismo individuo. Por este motivo, explica que “el avance científico debe estar enfocado a conseguir que los tratamientos estén muy dirigidos a las distintas características de la enfermedad”. En cuanto al futuro de la investigación, dice que es difícil predecirlo pero intuye que el próximo gran logro será conseguir que los pacientes puedan convivir con la enfermedad mucho más tiempo y con una mayor calidad de vida. Esto es, “asegurar el éxito de los tratamientos y reducir su toxicidad, de forma que algún día se convierta en una enfermedad como la diabetes, con la que es posible vivir con normalidad ya que se puede tratar con toxicidad mínima al tratamiento durante un periodo de tiempo prácticamente indefinido”.

Los días más duros son aquellos en los que debes dar malas noticias, sobre todo si es a pacientes muy jóvenes con hijos, o incluso son amigos tuyos

“Los días más duros son aquellos en los que debes dar malas noticias, sobre todo si es a pacientes muy jóvenes con hijos, o incluso son amigos tuyos”, medita el doctor antes de añadir que, “en líneas generales, cuando es una situación fuera de lo normal sigues sin estar del todo preparado y son jornadas que cuesta acabar”. Eso sí, si hay algo que tiene claro es que no hay que rehuir a la frustración, sino superarla. Es evidente que con una profesión como la suya es inevitable experimentarla constantemente, pero también que no debe ser otra cosa más que combustible para tratar de mejorar un poco cada día como profesional. Este sentimiento va ligado al de la ilusión que comentaba al principio, y eso es precisamente lo que siempre transmite a sus alumnos: “no perdáis la ilusión o no podréis recuperarla jamás. Podéis perder un examen, un curso o un año de MIR, pero si perdéis la ilusión, habremos perdido un médico”.