Es
posible
"No hay reconocimiento social, pero sí mucho reconocimiento individual que te llena profundamente."

Caminar por los pasillos del Hospital Clínico San Carlos es hacerlo por un trozo de historia de la sanidad madrileña. El primer paciente del actual hospital ingresó hace 64 años, pero como institución tiene una antigüedad que se remonta al siglo 2 a.C. Debido a su ritmo incesante, uno tiene la sensación de que allí el tiempo va más rápido de lo normal. En esto estamos pensando cuando llegamos al área de Oncología. Tras pasar por delante del despacho del Profesor Díaz Rubio, llegamos al del Doctor Javier Sastre, cuya silueta vemos a través de una celosía de cristal. Nos invita a entrar con una sonrisa y es entonces cuando nos topamos con el habitual muro de archivos, volúmenes e historiales que se apilan en los despachos de todos los médicos. En este caso, entre todos ellos, se asoman pequeños recuerdos, como un reloj de madera, conchas y minerales, fotos de congresos y una figura del doctor hecha con origami, que según nos confirma más tarde le regaló un paciente agradecido.

Así es el despacho de un doctor que quería ser bioquímico pero que acabó siendo oncólogo. En un comienzo más por una cuestión práctica, pero finalmente por una vocación que emergió naturalmente. Porque, tal y como afirma convencido; “todo aquel que tenga vocación de médico, debe serlo”. También reconoce que cuando comenzó la carrera los médicos estaban mucho más valorados: “no hay reconocimiento social, pero sí mucho reconocimiento individual que te llena profundamente”. En un comienzo ya se dio cuenta del potencial de investigación que tenían algunas ramas de la Medicina y, tras todo un verano meditándolo, decidió que lo que más deseaba es que delante de su nombre pusiera la palabra doctor.

Para lograr su objetivo estudió en la Universidad Autónoma de Madrid. Sin embargo, no supo por qué especialidad decantarse hasta que hizo las prácticas en la Fundación Jiménez Díaz. Concretamente durante una rotación de tres meses en una unidad de Medicina Interna en la cual estaban muy volcados en leucemias y linfomas. Contemplar cómo todos aquellos profesionales se desvivían por sacar adelante a los pacientes le hizo desear ser uno de ellos. Había nacido un nuevo oncólogo.

Según el Dr. Sastre, desde entonces en España se ha evolucionado mucho, especialmente en tres niveles: asistencial, formativo e investigación. Por un lado, la aparición del MIR, y con ella la formación de especialistas, fue decisiva. Por otro, los cursos, talleres y congresos, en colaboración con los laboratorios farmacéuticos, han proliferado muchísimo. El doctor recuerda que “cuando yo estaba empezando, asistir a un congreso o hacer un curso era algo excepcional, pero hoy en día los residentes pueden acudir a este tipo de eventos casi semanalmente”. Asimismo, en materia de investigación, el doctor cree que hay algo que ha impulsado especialmente el crecimiento: la creación de grupos cooperativos. Según explica, “la focalización en unidades funcionales fue toda una visión de los jefes de servicio. Gracias a ellas se pudo profundizar en la investigación de tumores concretos y establecer nexos de colaboración con otros grupos internacionales para aunar criterios”. Lo que tiene claro el doctor es que la investigación en España a nivel clínico en tumores digestivos está a un nivel muy superior respecto a la cantidad de recursos que se destinan a ella. Esto es posible gracias al esfuerzo de todos los investigadores que han logrado situar al país en un nivel reconocido internacionalmente. Algo por lo que estar orgullosos ya que, al final, los grandes beneficiados de todos estos avances son los pacientes.

Como coordinador médico asesor de EuropaColon, una asociación de pacientes con cáncer colorrectal, se ha dado cuenta de la poca información que posee la población en relación a este tipo de cáncer. Para ilustrarlo pone el ejemplo del ébola: “un solo caso en España y la gente lo percibió como un riesgo infeccioso tremendo, y sin embargo el cáncer colorrectal causa de 12.000 a 13.000 muertes al año en nuestro país pero casi nadie lo percibe como un riesgo sanitario real. Es, cuanto menos, chocante”. Es por este motivo que cree que hay que hacer un mayor esfuerzo de concienciación, tanto mediático como institucional, de cara a fomentar medidas tan importantes como el cribado ya que “gracias a él podemos hacer diagnósticos más precoces y lograr tasas de curación más altas”.

Un sólo caso de ébola en España y la gente lo percibió como un riesgo infeccioso tremendo, y sin embargo el cáncer colorrectal causa de 12.000 a 13.000 muertes al año en nuestro país pero casi nadie lo percibe como un riesgo sanitario real.

El Dr. Sastre considera que la oncología es una de las especialidades en la que es más inevitable coger aprecio a los pacientes. Al fin y al cabo, mantiene un contacto continuo con ellos que a veces se prolonga a lo largo de los años. En cada consulta le cuentan todo sobre su vida, desde su familia o deseos, a su trabajo o preocupaciones. Tal y como nos cuenta, al tratar con ellos no hay una pauta definida para establecer la relación médico-paciente. Aclara que si aplicara la misma fórmula para todos, eso le llevaría a fracasar en su relación con el enfermo en la mayoría de los casos. Además añade que “es un tema muy complejo con el que hay que andar con pies de plomo y que solo es posible aprenderlo a través de la experiencia”. En este sentido recuerda una anécdota que le ocurrió con un paciente. Su familia era muy protectora y le dijo que lo mejor era que no le diera ninguna mala noticia y le ocultara la máxima cantidad de información posible. El paciente un día decidió acudir solo al hospital y le dijo todo lo contrario: “entre usted y yo, sé que a partir de ahora todo el tiempo que consiga forma parte del tiempo de descuento. Por eso lo mejor es que no informe a mi familia de cómo evoluciona la situación, háblelo sólo conmigo”. De ese modo afrontó su enfermedad con valentía y determinación, pero al mismo tiempo quiso proteger todo lo posible a su familia de todas las preocupaciones posibles.

_MG_7074Para el Dr. Sastre, cada día tiene una de cal y otra de arena. Por un lado no le queda más remedio que aceptar que la frustración forma parte de su trabajo. Desde las cosas más trascendentales, como el que un paciente no responda al tratamiento, a las más nimias como el que los historiales clínicos aún no estén informatizados. Por otro lado, el agradecimiento de los pacientes es lo que le anima cada día a ir al hospital para dar lo mejor de sí mismo. Según comenta, “los compañeros de otras especialidades nos dicen a menudo: sois los más optimistas del mundo”. Porque alargar la vida a un paciente, aunque sólo sea unos meses, siempre es un logro que le anima a seguir intentando superarse. Eso sí, el doctor confiesa que lo que le produce una mayor satisfacción es curar a un paciente joven con metástasis y que al cabo de los años te presente a sus hijos.