Es
posible
"Uno debe enamorarse a diario, porque si no es que has perdido la capacidad de asombro ante lo que nos rodea"

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Llegamos al complejo hospitalario Reina Sofía embriagados por el aroma aceitunero tan característico de Córdoba. En este momento la producción de aceite está en pleno apogeo, igual que el Hospital Provincial, aunque aquí el ritmo nunca ha decrecido desde hace casi medio siglo. Desde que se abrieron sus puertas en 1969, el edificio más alto de la ciudad ha dado cabida a miles de pacientes. Muchos de ellos en el área de Oncología Médica, que es a donde nos dirigimos para charlar con el jefe de servicio, el Dr. Enrique Aranda.

El también presidente del TTD (Tratamiento de los Tumores Digestivos), un grupo español de apoyo a la investigación con cerca de treinta años de antigüedad, nos recibe en su acogedor despacho. Sobre su escritorio destaca un disco de música clásica sobre un montón de informes, mientras que la librería está abarrotada de proyectos de investigación y libros sobre Oncología, como suele ser habitual en los despachos de los doctores. Y si hay algo que está claro es que el Dr. Enrique Aranda es un doctor de los pies a la cabeza y es algo que lleva dentro desde hace ya mucho tiempo.

Todo empezó en su infancia en la judería de Córdoba: “entonces el barrio era como un pequeño pueblo que inmerso entre dos realidades: la Mezquita-Catedral y el llamado Hospital de Agudos”. Éste último era todo un motor económico para la zona ya que aún no existía la Seguridad Social Universal y gracias a familias numerosas como la de Enrique y sus seis hermanos, la actividad era constante. Es allí donde descubrió su pasión ya que con sólo nueve años pudo ver operar por primera subido a una banqueta. Sin embargo, no tuvo fácil hacer realidad su sueño dado que su familia era humilde y por aquel entonces ni siquiera había facultad de Medicina en Córdoba. Por suerte eso cambió a principios de la década de los setenta y unos años más tarde la ciudad tenía un médico más especializado en Medicina Interna.

Coincidió con una época en la que había muy pocos profesionales que quisieran dedicarse a esta especialidad, dado que había pocas esperanzas para los pacientes de cáncer y ni siquiera tenían una atención específica. Cuando se adentró en el mundo de la investigación en inmunología como base para la asistencia oncológica se dio realmente cuenta de lo necesaria que era, de modo que decidió acabar su aprendizaje primero en Sevilla y después en Italia. En un comienzo se formó principalmente en el área ginecológica (cáncer de mama y de ovario), pero gracias al Dr. Giuseppe Colucci y su hospital especializado en tumores digestivos, no tardó en meterse de lleno en el tratamiento del cáncer colorrectal. Poco después junto a un pequeño grupo de oncólogos fundó el grupo de Tratamiento de Tumores Digestivos, seguido del de cáncer de pulmón y el de cáncer de mama, convirtiéndose así en uno de los oncólogos españoles más reconocidos.

“Uno debe enamorarse a diario, porque si no es que has perdido la capacidad de asombro ante lo que nos rodea”

El Dr. Aranda tiene claro que para convertirse en un buen médico y preservar la ilusión por lo que haces, “uno debe enamorarse a diario, porque si no es que has perdido la capacidad de asombro ante lo que nos rodea”. No duda cuando afirma que lo que más le sigue asombrando son las personas que tiene en frente, porque ellas son las que le hacen aprender algo nuevo cada día, ya que la ciencia y la técnica son muy importantes, pero lo es más todavía conocer a las personas.

Nos queda claro a estas alturas lo que cree el Dr. Aranda en las personas y en las relaciones personales. Y es que él es de los que piensa que, a la hora de tratar con los pacientes, nunca debe perderse el contacto directo con ellos. No sólo hay que mirar el ordenador, también es importante observar al paciente que tienes delante, ya que él es el que debe estar en el centro del tratamiento y toda la realidad terapéutica tiene que estar pendiente de qué es lo que necesita el paciente en cada momento.

Ese es el pensamiento con el que el doctor entra en el hospital cada mañana dispuesto a hacer todo lo que esté en su mano por seguir mejorando la vida de los pacientes a su cargo. Sabe que no debe dejarse llevar por la frustración dado que es parte de sus límites como ser humano, hay que convivir con ella y ser consciente de que aún queda mucho por hacer y, aunque especialmente en la última década hayamos avanzado mucho, al final del túnel sigues encontrándote dos túneles más. Por eso es tan importante la investigación básica, porque sin ella es imposible crear el conocimiento necesario para incidir en el progreso del tratamiento del cáncer colorrectal.

Con gran serenidad reconoce que actualmente en España la situación es complicada, pero hay que mirar hacia delante con optimismo. Aunque quizá no se están dedicando todos los recursos que habría que dedicar y la investigación se haya ralentizado en detrimento de la innovación, en este país sigue habiendo grandes investigadores. Eso sí, reconoce que lo que le gustaría es que no se fueran más y que los que se fueron, regresaran. Sólo así, con la suma de fuerzas de todos, podremos seguir acorralando al cáncer y derribando los mecanismos de resistencia que esta incansable enfermedad no deja de crear.

Respecto a la percepción colectiva en torno al cáncer colorrectal, el Dr. Aranda cree que ha cambiado mucho, tanto en la sociedad, como en el sector en particular: “hace décadas había un tabú con respecto a los pacientes ya que se presumían incurables y abocados a un gran sufrimiento. Hoy en día no se ha perdido el miedo, porque realmente no se puede perder dada la gravedad de la enfermedad, pero cada vez se asume más y mejor que el cáncer se puede superar”. Por eso es tan importante fomentar la comunicación respecto al cáncer en general, y al colorrectal en particular. Éste tiene unas características muy diferenciales ya que tarda mucho en producirse. Según el doctor, si hacemos una campaña de cribado, vamos a tener una parte mucho mayor de la población que nunca va a llegar a padecerlo porque podremos detectarlo y extirparlo a tiempo. Lo mismo ocurre con los estados precoces del cáncer gracias a las colonoscopias ya que, en estos casos, se curan el 90%. Si hubiera una concienciación real y masiva a través de los medios, se podrían salvar más de 3.000 vidas al año.

_MG_7074Lo que está claro es que por ahora hay mucho trecho por delante y lo más importante es el día a día de cada paciente. Según el Dr. Aranda, el médico tiene que convivir con él en este día a día e intentar mitigar en la medida de lo posible su dolor y sufrimiento. Esto se consigue no sólo con la técnica, si no también con las palabras, a pesar de que “comunicarse es un arte que nunca llega a dominarse”. Es muy importante preservar la humildad y la capacidad para entender y acompañar a todos aquellos que no logran dominarse y caen en la desesperación. A colación de este tema, el doctor menciona un libro que le inspiró especialmente: ‘El hombre en busca de sentido’, de Viktor Frankl, el fundador de la logoterapia y antiguo prisionero de Auschwitz. Al Dr. Aranda le llamó la atención que el libro describiese a presos capaces de encontrar un sentido que les permitió sobrevivir a las condiciones del campo de exterminio. Porque, reflexiona, “para ser feliz hay que tener un sentido y sólo así se puede aguantar cualquier cosa”. Con el cáncer sucede lo mismo, la única manera de tolerarlo con cierto bienestar, es aferrándose a una ilusión. Eso es lo que hizo por ejemplo una paciente que hace años tuvo el Dr. Aranda. Según cuenta, se trataba de una joven que padecía cáncer colorrectal metastásico y luchó con todas sus fuerzas contra la enfermedad a pesar de que no había mucho lugar para la esperanza. Incluso con el sufrimiento de la enfermedad, mantuvo la ilusión por poder tener un hijo. Ella se fue, pero antes de hacerlo logró dar a luz a un chico maravilloso y su fotografía acompaña siempre al doctor en el bolsillo de su bata. Emocionado admite que “su valentía le marcó profundamente”. Ejemplos de este tipo son lo que le animan a seguir creyendo que vencer a la enfermedad es posible.