Es
posible
"Un médico debe comportarse como tal incluso cuando no está trabajando"

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Como cada mañana, el doctor Díaz-Rubio se encuentra reunido con su equipo en la sesión clínica que inaugura la jornada. Más de una veintena de médicos le escuchan atentamente mientras se definen los puntos más destacados en lo que él considera el momento más importante del día. Una vez concluida, atraviesa una secretaría llena de bucólicos cuadros paisajísticos y consulta el correo electrónico en su despacho. Se avecina un día frenético. Como de costumbre.

Su andadura profesional comenzó en aquellos mismos pasillos del Hospital San Carlos, donde hizo la residencia de Medicina Interna hace ya cuatro décadas. En las estanterías, las paredes y el escritorio se amontonan los recuerdos de una carrera dedicada en cuerpo y alma a la oncología. Su vocación, sin embargo, nació mucho antes, entre las paredes de la inmensa biblioteca médica de su padre Manuel, humanista y catedrático en Medicina, y cuyo retrato hoy preside la estancia en la que su hijo ejerce. Su pasión comenzó a desarrollarse en la Universidad Complutense y terminó de germinar en París, donde se convirtió en un experto en inmunología y oncología. Según cuenta, decidió especializarse en cáncer de colón por su alta incidencia y porque los tratamientos que se ofrecían en aquel momento eran prácticamente nulos. Entonces concluyó que eso era algo que había que cambiar.

A día de hoy, además de ser el Jefe de Servicio de Oncología Médica del Hospital San Carlos y Catedrático en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, también es Académico en la Real Academia Nacional de Medicina y Presidente de la Asociación Española para la Investigación del Cáncer (ASEICA). Sus paredes podrían estar cubiertas de diplomas, pero el doctor Díaz-Rubio prefiere que las decoren pinturas y fotografías. De este modo en su despacho se respira la misma cercanía y calidez que transmiten sus palabras. En su discurso hay tanta satisfacción como ganas de seguir trabajando. El camino ha sido largo y muchas veces muy duro, pero los logros son todavía mayores.
_MG_7074Se suele decir que los comienzos nunca son fáciles, sobre todo cuando se trata de lograr un objetivo tan ambicioso como el que tenía el doctor: construir de la nada una unidad especializada en Oncología Médica. Regresó de Francia con el maletín cargado de planes e ilusiones, y se topó con un muro de trabas e incomprensión. El futuro era incierto y no había precedentes. Sin embargo, según declara, “hoy puedo mirar atrás y sentir que he cumplido”. Con orgullo puede decir que, después de mucho esfuerzo, logró conformar un equipo de gran calidad humana y profesional, donde los residentes pueden formarse al máximo nivel sin tener la necesidad de salir fuera del país. Además, en esa misma época, los avances científicos y farmacológicos no tardaron en llegar y, con ellos, el diagnóstico precoz que ayudaría a prolongar la supervivencia de los pacientes con cáncer de colon.

Esos son los recuerdos que hacen sonreír al doctor cuando echa la vista atrás. Su librería está llena de volúmenes y guías de Oncología, pero también de libros de arte, discretas fotografías en las que figura rodeado de colegas de profesión, de su familia, del rey Juan Carlos I y la orla académica de sus últimos graduados a los que el doctor menciona a su paso. Según dice, los estudiantes son su debilidad y ahora mismo dar clases es una de sus grandes predilecciones. Considera que los alumnos hoy en día salen tan bien preparados, que cualquiera es mucho mejor que el más destacado de hace treinta años. Por eso insiste en que lo más importante es su compromiso y actitud, que es lo que a uno le convierte en un gran profesional, “un médico debe comportarse como tal incluso cuando no está trabajando”. Sólo de esta forma uno puede enfrentarse al día a día que conlleva ser un especialista en oncología.

El doctor Díaz Rubio disfruta de su profesión y considera que cada jornada y cada paciente son únicos. Nunca sabe lo que se va a encontrar y compara su día a día con el mar o el fuego, que aparentemente siempre es igual, pero que realmente es distinto a cada segundo. También es verdad que su trayectoria ha ido variando con los años ya que, en un comienzo, dedicaba el cien por cien de su tiempo a la clínica. Según fue pasando el tiempo, tuvo que repartirlo con la docencia y la investigación y, en la última época, no tiene más remedio que delegar funciones, sobre todo las relacionadas con la gestión. Eso sí, si hay algo que no ha cambiado es su deseo por repetir la misma frase una y otra vez a sus pacientes: “usted tiene una enfermedad durísima, pero se va a curar”.

Si hay unos valores que cree que están ligados a su profesión como médico, son los de la humanidad, el rigor, la sensibilidad y el tacto. La medicina es ciencia, pero también sigue siendo arte. Sonríe al contar una anécdota que le marcó especialmente al principio de su carrera. Cuando él acababa de licenciarse, su padre le pidió que entrara al quirófano como observador porque allí estaban operando a su hija. De modo que el joven Eduardo entró a ver cómo iba la intervención de su hermana y, cuando salió a informar tanto a su padre como a su otra hermana a la sala de espera, lo hizo ataviado con la mascarilla y las gafas. No le reconocieron y según se fue, ambos exclamaron: “qué médico tan amable, así deberían ser todos”.

Con respecto al tratamiento de la enfermedad, cuando el doctor Díaz-Rubio analiza el pasado, presente y futuro del cáncer colorrectal, siempre cita el mismo punto de inflexión: la entrada en el siglo XXI. Fue entonces cuando tuvo lugar un antes y un después en el tratamiento de esta enfermedad: la llegada de los fármacos que lo cambiaron todo, alternativas capaces de interferir en el crecimiento de las células tumorales. Según el doctor, la integración de todos estos tratamientos y el diagnóstico precoz son las claves que han alterado la historia general de esta enfermedad. Ahora son muchos los pacientes que pueden superar la enfermedad, muchos los que pueden evitarla, y los que no, pueden alargar su vida con una mayor calidad de vida.

“Usted tiene una enfermedad durísima, pero se va a curar”

El mayor triunfo está por llegar, asegura: evitar que la gente sufra cáncer colorrectal. Confía en que se puede derrotar este tipo de cáncer y hacer que desaparezca. Gracias al diagnóstico precoz y a los tratamientos personalizados, un día los pacientes dejarán de morir por este motivo. Para aquellos cuya enfermedad sea metastásica, el objetivo seguirá siendo alargar la vida lo máximo posible y de la mejor manera. No cabe duda de que la investigación es primordial, hay que seguir trabajando y apostar cada vez más por los ensayos clínicos. Los grandes laboratorios hacen posible la innovación y la investigación cercana al paciente, y los políticos deben garantizar que ésta llegue a todas las personas que lo necesitan en el menor tiempo posible.

Con tanto trabajo, el Dr. Díaz-Rubio cree que el médico debe intentar desconectar cuando se quita la bata y, él, se dedica a los pequeños placeres de la vida, como leer un libro o disfrutar de un pequeño viaje junto a su familia. Sin embargo, hasta que eso sucede al acabar la jornada, su prioridad es llegar a la recuperación de sus pacientes a través de un trato lo más cercano posible. Con una mirada profunda se sincera diciendo que, cuando está delante de un paciente, siempre procura ver y tocar, auscultar a la persona que hay tras su cuadro clínico, “cosas que resultan habituales, ¿verdad?” pregunta, pero que no sólo ayudan a entender la dolencia del paciente, sino que además ayudan a crear empatía entre el paciente y el médico. Ése que podría ser cualquiera de nosotros, e incluso él mismo. Desgraciadamente todavía hay demasiados y el deber le llama. A estas horas los pasillos ya son un hervidero de profesionales sanitarios, pacientes y familiares. Ha llegado el momento de ponerse manos a la obra y seguir ganando batallas. Aún hay mucho por hacer. Es posible seguir salvando vidas.