Es
posible
"El hospital es mi despacho"

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“El hospital es mi despacho” afirma sonriendo el Dr. Antonio Antón cuando le preguntamos si puede enseñárnoslo. Aún así nos lleva a la habitación en cuya puerta pone su nombre, reconociendo que rara vez tiene tiempo de sentarse tras su escritorio: “las mañanas son un ir y venir constante y por las tardes prefiero trabajar en casa junto a mi familia”. El teléfono fijo también está un poco abandonado dado que, si de verdad se le quiere localizar, lo mejor es llamarle al móvil. De modo que la función más práctica que desempeña su despacho es la de almacén, eso sí, en el mejor de los sentidos: allí es donde guarda todos sus libros y recuerdos tras décadas de servicio. Entre decenas de volúmenes y revistas oncológicas destacan las fotos de sus hijos y de dos lugares: Elche y Zaragoza, sus dos ciudades, la que le vio nacer y la que le acogió.

El Dr. Antón no tiene muy claro dónde surgió su vocación, aunque sospecha que la semilla la plantó su abuelo, a quien nunca llegó a conocer y que es el único antecedente médico de la familia. Se llamaba igual que él y desgraciadamente murió de forma prematura a consecuencia de un fatal accidente. Sucedió una madrugada de tormenta cuando tuvo que salir a atender una urgencia. Al regresar a su casa se tropezó con un cable que el viento había tirado en su patio trasero y la electrocución fue fulminante. Años más tarde, su abuela le habló mucho de él y tuvo la oportunidad de leer sus libros. Quedó fascinado y en su subconsciente se grabó que él también sería médico como su abuelo.

Sin embargo, no fue hasta tercero de carrera cuando el Dr. Antón comprendió lo que realmente era ser médico al entrar como alumno interno en el Servicio de Patología General del Hospital Clínico de Valencia que dirigía el Prof. Carmena. Ese fue el momento en el que su vida cambió para siempre. Aprendió a tratar a los enfermos y moverse como pez en el agua por el hospital. El Dr. Antón se ilusionó y se implicó tanto que decidió que aquel primer verano no se iría de vacaciones, sino que se quedaría allí a hacer guardias junto a los residentes. “No he salido del hospital desde entonces”, resume.

Aquella era una época en la que aún estaba todo por hacer en Oncología Médica. De hecho, en 1980 sólo salieron ocho plazas en el MIR. Una de ellas la consiguió el doctor y tras finalizar la residencia en el Hospital Clínico de Valencia, tuvo la posibilidad de formar por primera vez un servicio en Jaén con esta especialidad. Hoy en día ya hay doce oncólogos únicamente en ese hospital. Admite que le emociona mucho cuando le dicen que se acuerdan de él al ver su letra en los historiales. Al comenzar los noventa llegó a Zaragoza como jefe de sección, aunque sin subordinados a los que dirigir. Una vez más estaba todo por hacer, pero eso cambió pronto y 25 años después, su equipo ya tiene 17 profesionales, el servicio cuenta con 30 camas y el hospital de día con 23 puestos. La Casa Grande, que es como se conoce popularmente al Hospital Universitario Miguel Servet, es más grande que nunca, tanto que ya es la segunda empresa de Aragón en número de trabajadores.

_MG_7074El Dr. Antón cuenta que cuando llegó a Zaragoza aún se tenía que explicar que el oncólogo era el médico del cáncer: “había un desconocimiento total tanto de la disciplina como de la enfermedad”. Desde entonces las cosas han cambiado tanto que parece que ha pasado toda una vida. La percepción social del cáncer ha evolucionado mucho. Donde realmente se nota es en los avances científicos que se han producido en las últimas dos décadas: “hemos logrado disminuir la mortalidad y alcanzar unas cotas de supervivencia en pacientes con cáncer colorrectal que eran impensables entonces”, afirma el Dr. Antón. Eso sí, también reconoce que “lo que todavía no hemos logrado es que la incidencia disminuya. De hecho, sigue aumentando cada año. Por eso es tan importante que la gente se mentalice con cosas como el tabaco. Si éste desapareciera, en veinte años disminuiríamos la incidencia de varios tipos de cáncer en un 50%”.

“Hemos logrado disminuir la mortalidad y alcanzar unas cotas de supervivencia en pacientes con cáncer colorrectal que eran impensables hace dos décadas”

Una de las épocas más satisfactorias del Dr. Antón fue aquella en la que presidió la Sociedad Española de Oncología Médica de 2003 a 2005. Fueron dos años de muchísimo trabajo que le reportaron grandes logros y alegrías personales. A principios de este siglo es cuando realmente se logró profesionalizar y convertir la sociedad en el referente del cáncer en este país. Sin embargo, para el doctor, los medios deberían ponerse mucho más al servicio de esta patología. Opina que la administración pública tiene la responsabilidad de dedicar un mayor esfuerzo tanto de comunicación, como se ha hecho con el cáncer de mama, como respecto a los programas de prevención del cáncer. En este aspecto insiste mucho: “hay que modificar la incidencia del cáncer colorrectal, sino estamos perdidos. Se deben dedicar muchos más recursos no sólo a la curación, sino también a la prevención”.

El Dr. Antón reconoce que lo que más le llena cada día es ver a los pacientes. Saber que le necesitan en su lucha constante le motiva a creer cada vez más en la investigación, tanto básica como traslacional. Él siempre es claro al respecto: “yo estoy a tu lado, pero quien está peleando eres tú”. Su admirable fuerza de voluntad es la que le anima a pelear en su propia batalla, la de tratar de conseguir más recursos para que ellos tengan más capacidad de vencer a esta enfermedad. Asimismo, considera muy importante que los pacientes sepan en todo momento lo que les pasa, a menos que su deseo sea el contrario. En principio, nunca hay que ocultárselo, sino que se debe establecer una relación de mutua confianza entre médico y paciente: “es muy importante que se abra con su familia y exprese sus sentimientos en todo momento”.

No podemos terminar esta conversación con el Dr. Antón sin preguntarle por una experiencia que le haya marcado especialmente. Aunque es incapaz de quedarse con una, admite que hay pacientes que se te quedan grabados para siempre. Sobre todo aquellos que parece que no van a lograr superarlo y al final se curan y acaban formando una familia con la que se topa de vez en cuando por la calle. “No hay nada comparable a esa sensación” dice con la más sincera de las sonrisas.